Aa Mamá
Mitad panegírico, mitad cuento costumbrista triste. O una carta de amor a mi madre a través de todos los teléfonos móviles que tuve en mi vida.
Me aprendí tu número de móvil a conciencia. Me lo propuse una mañana cuando aún vivíamos en Antonio López. Íbamos de camino al garaje, las dos de tu mano, con prisa por llegar al colegio pero con la certeza de que llegaríamos pronto. Contigo siempre llegábamos pronto. Yo repetía los dígitos una y otra vez, buscando referencias nemotécnicas, tratando de encajar la secuencia en una melodía inventada que en realidad era una copia de la de los Pelochos. 55 son los años que tiene mi tutora, 26 es el portal de mi mejor amiga, 87 («ochenta y sieteee», gritaba yo) es la edad a la que se mueren las personas mayores. Yo pensaba que tú no te morirías nunca y te moriste muchísimo antes.
Tu número fue el primero que guardé en la agenda de mi primer móvil. Mama. Años después edité el nombre de contacto para ponerte una tilde. Mamá. Años después volví a editarlo, esta vez para trasladarte al primer puesto de la agenda por si ocurría una emergencia. Aa Mamá. He tenido muchos móviles desde aquel Alcatel One Touch con pantalla a color que tanto te rogué que me comprases, y en todos tu número ha estado presente en el listado de últimas llamadas. Ha habido muchas épocas en las que solo me llamabas tú y yo solo te llamaba a ti.
Estuviste en el Motorola con tapita y en el Nokia 5300, ese que tenía el teclado retráctil y unos botones gigantes para pasar de canción, el que me robaron en el Retiro mientras me estaba enrollando con un novio que aún no conocías. Nos quitaron mi bolso de plástico del Blanco con los móviles de los dos dentro. Tuvimos que limpiarnos las babas de la cara y preguntarle a una desconocida si nos dejaba el suyo para pedir ayuda. Agradecí saberme tu número de memoria. Agradecí saber que siempre podría pedirte ayuda.
Estuviste en la Blackberry, en el Samsung gigante, en el iPhone 5 de segunda mano y en los iPhones nuevos que han venido después. En todos continuaste liderando el ranking de llamadas frecuentes. Después te hiciste Whatsapp y jamás tuve que hacer scroll para abrir nuestra conversación. Siempre estabas ahí, bien arriba. Siempre en primera línea aparecía el circulito con tu foto, la que te hice con la réflex, en la que siempre me pareció que salías guapa pero triste. Solo cuando era mi cumpleaños y me escribía mucha gente, tú te me ibas hacia abajo, empujada por mensajes de felicitación. Porque tú no tenías que escribirme o llamarme. Tú me felicitaste en persona los 32 cumpleaños que viví a tu lado. Y al día siguiente ahí estabas, otra vez, todos los 12 de junio, dándome los buenos días princesa cuando el día ya no tenía nada de especial. Querer a alguien es eso. Estar en sus días poco especiales.
El día que te moriste era el cumpleaños de Sandra y, aunque a ella más, a todas se nos llenó el Whatsapp de mensajes. Todo el mundo sentía mucho tu pérdida. Yo sentía muchas cosas pero, lo que más, era ver tu foto sepultada por tantísimos sentidos pésames. Hoy, tres meses después, me atrevo a teclearte en el buscador de chats. M-a-m-a.
El 14 de junio, nueve días antes de que nos dejases, tres antes de que perdieras la capacidad de responder a los mensajes desde la cama del hospital, te dije que todo iba a ir bien y tú me dijiste que sí, que seguro. Eso fue lo último que me escribiste. Nuestra última comunicación digital fue un verso optimista. Te encantaba ir de optimista aunque las dos sabíamos que no lo eras demasiado. Unas horas antes te había mandado dos opciones de tarta para tu cumpleaños, pero a eso nunca me respondiste y tuve que elegir yo, con lo poco que me gusta a mí elegir. Nunca sabré si al final te gustó que eligiese la de manzana.
El móvil que ahora utilizo es prácticamente nuevo, tiene menos de un año y aún me quedan dos para terminar de pagarlo. Si todo va bien, me durará mucho más pero, dure lo que dure, este será el último móvil mío que conozcas, igual que la casa en la que ahora vivo, igual que el corte de pelo que ahora llevo. Todo lo nuevo ya no te será contemporáneo. Será posterior a ti, d.M, después de Mamá.
Imagino que a mi próximo nuevo móvil se transferirán automáticamente todas nuestras fotos, tal vez incluso todos nuestros mensajes. Tu recuerdo convertido en un puñado de kilobytes que cargaré para siempre en mis dispositivos del futuro. Una mochila digital que rara vez se abre pero que nunca, jamás se borra. Eso sí, ninguno de esos móviles volverá a sonar por ti, y cuando digo por ti quiero decir porque tú: porque tú has marcado mi número desde la cocina de una casa que ahora es otra cosa. Sus pantallas no mostrarán tu cara en un ángulo contrapicado y un encuadre imposible. Sus altavoces no reproducirán tu voz, tu voz cansada, tu voz alegre, tu voz en cualquiera de sus texturas. El listado de llamadas perdidas se llenará, quiera o no, de otros nombres.
Me pregunto si podré, algún día, abrir la galería del móvil y deslizarme hacia atrás. Cruzar el umbral de la primavera de 2025 sin tener que ir de puntillas y mirar tus fotos sin que se me quemen las plantas de los pies, sin que me arda el pecho. Me pregunto si algún día borraré tu número. Me pregunto si eso es necesario, si es bueno, si es malo. Te lo preguntaría a ti, pero no puedo.
Me pregunto, también, qué cosas de ti se mantendrán intactas dentro de mí cuando pasen los años y los teléfonos móviles. Cuando salga el iPhone 18, y el 27, y el 41 Pro. ¿Recordaré tu cara? ¿Recordaré tu olor? ¿Tu risa, tu silencio, tus macarrones con gulas?
¿Seguiré recordando tu número de memoria? Despojado ya este dato de toda practicidad, preservarlo tiene poco sentido, ¿o quizás mucho? Intuyo que tiene el mismo (sin)sentido que archivar bajo llave en el recuerdo todas esas letras de canciones que hace décadas que no canto. Junto a las segundas estrofas de El viaje de Copperpot estarán para siempre esos dígitos (55, 26, 87…), aunque eso implique que apenas quede espacio para cosas más importantes. Cosas como la matrícula de un futuro coche o la firma electrónica de un futuro banco.
La posibilidad de un futuro que te sobreescriba me aterra. Grito de socorro, llamada de emergencia, Aa Mamá. Espero no olvidar nunca las cosas poco importantes. Ojalá también olvidáramos a conciencia, igual que aprendemos. Igual que se aprende el número de teléfono de una madre a los diez años.





No me esperaba leer esto a la 1 a.m y terminar llorando. Qué bonito, se te encoge el alma 🫂❤️🩹
Qué mágico, Alba, qué pedazo de alma en palabras tan bonito.